Llevamos sólo nueve días de Giro y ya hemos visto a Tadej Pogacar ganar tres etapas (incluidas dos jornadas de montaña y una contrarreloj en la que destrozó a sus rivales), intentar evitar un sprint, luchar como si no hubiera un mañana en un sprint bonificado por un puñado de segundos… Nos faltaba casi ya sólo verlo ejerciendo de lanzador para Sebastián Molano en una volata y, y de paso, vengarse asi de Jonathan Narváez, que le derrotó el primer día de carrera. Todo gira en torno a Pogacar en este Giro, incluso en etapas llanas destinadas al sprint o a buscadores de gloria. Es omnipresente. Ayer dijimos que lo que más le costaba a Pogacar era contenerse y hoy lo ha vuelto a demostrar. Está fuera de toda lógica, es de otro planeta.
Hoy, en efecto, no era un día para ver en acción al ciclista esloveno del UAE. Hoy tocaba que los equipos de los hombres rápidos asumieran la responsabilidad de dar caza a los fugados. Pero Pogacar quería volver a ser protagonista y, por supuesto, lo ha sido. Total, mañana es día de descanso. Mañana, aunque quiera, no va a poder atacar ni dar un nuevo recital, no va a poder hacer cosas que jamás le hemos visto hacer a una maglia rosa del Giro. Mañana toca descansar, hoy tocaba divertirse.
Ha sido un día entretenido. No recuerdo la última vez que una gran vuelta llega a su primer día de descanso sin una sola jornada aburrida o menos intensa. Todas y cada una de las nueve etapas de este Giro han sido divertidas a su manera. Y en casi todas ha sido protagonista Pogacar, quien idea a diario nuevas formas de sorprender.
Hoy Mirco Maestri y Andrea Petrobon, ambos del Polit Kometa, firmaron una de las fugas del día. Luego se unieron a ellos Ewen Costiou, Julian Alaphilippe, Nicola Conci, Lewis Askey y Kevin Vermaerke. Echaron un pulso al gran grupo. Hubo ataques y contraataques entre ellos. Lo probó en solitario Alaphilippe, que si no existiera, habría que inventarlo. Siempre al ataque, siempre probándolo. Estará mejor o peor, más o menos fuerte, pero es garantía siempre de espectáculo.
Luego quien atacó fue Jonathan Narváez, de quien puede decirse lo mismo que de Alaphilippe. Es un lujo verlo correr. Lo intentó el ecuatoriano y logró mantener una distancia corta pero que parecía que le iba a bastar para ganar. Sólo que no contaba con que Tadej Pogacar, el líder de la carrera, se pusiera a tirar como si no hubiera un mañana del pelotón, trabajando para su velocista, Sebastián Molano. Y, claro, el relevo de Pogacar fue clave para que la intentona de Narváez, que venció al esloveno el primer día de carrera, se frustrara.
La alegría no fue completa para Pogacar porque la etapa no se la llevó su coequipier Molano, que ha terminado tercero, sino Olav Kooij, quien desde luego le debe una parte no menor de su triunfo a Pogacar, amo y señor de esta carrera hasta límites insospechados. Mañana, día de descanso. A ver qué se inventa Pogacar para no aburrirse,
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